Cada año, para el puente de la Constitución, nos reunimos en casa toda la familia para realizar los mantecados de cara a la navidad.
Hace mucho, mucho tiempo, pasábamos más frío pero todo era más cálido, o por decirlo de otra manera y no herir a nadie, la familia era amplia entonces y ahora cada vez es más nuclear.
Antes teníamos que ir al horno de la Alameda y quedábamos con Socorro, la vecina de la aldea y su familia, más mi abuela, sus hijos y todos los primos que resultamos de los hijos de sus hijos. Y allí, en un horno chiquitito y medio derruido amasábamos bollos suizos, mantecados, pastas, galletas, anaranjados y hacíamos un pan para comer allí.
Unos años más tarde, mi tía Pili hizo un horno en su casa y como entonces nosotros eramos sus vecinos, solo teníamos que dar la vuelta a la esquina y empezar a trabajar.
De unos años a esta parte, como fue mi padre el que se hizo el horno, solo vamos mis padres, mi hermano y su agregada con la familia de la agregada y yo y mi agregado, sin su familia afortunadamente. Y digo afortunadamente, no porque no me parezca bien que vengan, sino porque son ocho hermanos y sus agregadas y los hijos de estos y 230 kilómetros de distancia.
Pero lo fundamental es, que si el puente no hay planes para salir del país, el plan es ir a casa de la mamma para hacer los dulces de navidad.
El olor que sale del horno desde las 8 de la mañana abre el apetito e incita a probar todo lo que sale de esa boca rujiente, roja y caliente, incluso antes de que se enfríe y este año, lo mejor, lo que mejor ha salido son los mantecados, cantidad y calidad.
Yo me traje una caja a Almansa, porque quería que mis alumnos las probaran y tengo algunos amigos a los que he preparado su correspondiente cajita, aún así, no se si van a llegar a fin de año o se van a terminar en navidad, pero todos lo que han probado los mantecados de este año han sonreído tras el primer bocado y han querido repetir tras el último. No han sido necesarias las palabras. Y aquí dejo una imagen.
