Empezamos cerrando los ojos para
no oír nuestras propias mentiras.
Continuamos cerrando la boca
al ver que nuestras palabras arden.
Son fuego durante algunos segundos,
pero caen al suelo convertidas en cenizas.
Finalmente tapamos nuestros oídos para
no ver la cuchilla que separa con precisión
lo correcto de lo incorrecto.
Y nos queda el tacto que plantea otras dudas,
otras texturas, otras insatisfacciones.
Así que todo duele a quemado,
en un final donde conocemos muy poco
de los que tenemos más cerca.
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